Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Fue sueño ayer

Fue sueño ayer, mañana será tierra.
¡Poco antes nada, y poco después humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo,
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo que me entierra.

Ya no es ayer, mañana no ha llegado;
hoy pasa y es y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento
que a jornal de mi pena y mi cuidado
cavan en mi vivir mi monumento.

Amor impreso en el Alma, que dura después de las Cenizas

Si hija de mi amor mi muerte fuese,
¡qué parto tan dichoso que sería
el de mi amor contra la vida mía!
¡Qué gloria, que el morir de amar naciese!

Llevara yo en el alma, adonde fuese
el fuego en que me abraso; y guardaría
su llama fiel con la ceniza fría,
en el mismo sepulcro en que durmiese.

De esotra parte de la muerte dura,
vivirán en mi sombra mis cuidados,
y más allá del Lete mi memoria.

Triunfará del olvido tu hermosura,
mi pura fe y ardiente de los hados,
y el no ser por amar será mi gloria.

Con el ejemplo del fuego enseña a Alexi, pastor, cómo se ha de resistir al amor en su principio

¿No ves piramidal y sin sosiego,
en esta vela arder inquieta llama,
y cuán pequeño soplo la derrama
en cadáver de luz, en humo ciego?

¿No ves sonoro y animoso el fuego
arder voraz en una y otra rama,
a quien, ya poderoso, el soplo inflama,
que a la centella dio la muerte luego?

Ansí pequeño amor recién nacido,
muere Alexi, con poca resistencia,
y le apaga una ausencia y un olvido;

mas si crece en las venas su dolencia,
vence con lo que pudo ser vencido,
y vuelve en alimento la violencia.

Harta la toga del veneno tirio,
o ya en el oro pálido y rigente
cubres con los tesoros del Oriente,
mas no ceja, ¡oh Licas!, tu martirio.

Padeces un magnífico delirio,
cuando felicidad tan delincuente
tu horror oscuro en esplendor te miente
víbora en rosicler, áspìd en lirio.

Competir su palacio a Jove quieres,
pues miente el oro Estrellas a su modo,
en el que vives, sin saber que mueres,

Y en tantas glorias tú, señor de todo,
para quien sabe examinarte, eres
lo solamente vil, el asco, el lodo.